Seguro que sabes lo que es un diagnóstico. En alguna ocasión te habrán dado uno: usted tiene gripe, esto es un virus o incluso algunos más serios. Un diagnóstico nos dice de lo que estamos hablando, nos describe que está pasando y ayuda a decidir los pasos siguientes.
Seguro que no se te ocurre ir al médico y que te diga: usted tiene dolor, usted tiene fiebre. Lo que realmente quieres es que te digan qué hay detrás de ese dolor, de esa fiebre. ¿Es una infección? ¿Es algo de los huesos? ¿Es algo de los músculos?
Ahora imagina que vas a un psiquiatra o a un psicólogo porque tienes problemas para estar en lugares cerrados. Te cuesta respirar en esos lugares, la cabeza te va a estallar, la respiración va a mil y el profesional te dice: usted tiene ansiedad.
Esto puede ser un buen diagnóstico si estabas confundido, si pensabas que lo que te ocurría era algo en tu cabeza o en tu corazón, pero en realidad no describe lo que te pasa. Es como si te dijeran: usted tiene dolor, usted tiene fiebre. Cuando alguien te dice que tienes ansiedad te está describiendo el síntoma, pero no te está describiendo qué la está produciendo.
Un buen diagnóstico puede que no sea del todo necesario para un paciente. Conocer lo que le pasa no va a hacer que mejore por sí mismo. Pero en la actualidad, en la que todos tenemos acceso a la información y en la que la IA nos dice qué nos pasa en cuestión de segundos, tener un buen diagnóstico hará que la persona, tú si eres el paciente, entienda un poco mejor lo que le ocurre.
Sin embargo, un buen diagnóstico sí es imprescindible para un profesional de la psicología. Sin saber lo que pasa, ¿cómo puede ayudar a cambiarlo? Si solo se queda con el síntoma, sin averiguar qué es lo que lo produce, ¿cómo va a hacer que eso cambie?
Un diagnóstico no tiene por qué ser una etiqueta que cumpla cuatro criterios de ocho, una determinada duración y que afecte a esto o a lo otro. Un buen diagnóstico debe ser, ante todo, operativo. Debe descubrir qué pasa en esa persona, cómo se manifiesta, cuáles son sus intentos de solución y cuáles son las excepciones al problema. Lejos de la etiqueta, debe ser una descripción operativa de lo que está pasando.
Volvamos al caso de alguien que no puede estar en lugares cerrados. Si nos quedáramos solo con estos indicios, podríamos estar hablando de una persona con agorafobia, con o sin ataques de pánico, o de una persona con claustrofobia…
Imagina que esta persona va al psicólogo y le dice: usted tiene agorafobia. Empieza a trabajar con técnicas de relajación, pero no llega la mejoría. El paciente se cansa, va a otro psicólogo y le dice: tengo agorafobia y llevo tanto tiempo en tratamiento.
En este punto, ¿qué debería hacer el profesional? ¿Quedarse con el diagnóstico anterior o hacer un diagnóstico operativo? Creo que la respuesta es obvia, hacer un diagnóstico operativo. Averiguar qué sucede.
Imagina que esta persona, antes de salir de casa, para asegurarse de que le vaya bien en los espacios cerrados, controla todos los detalles: Revisa varias veces su mochila, pueden ser cuatro, cinco o seis, para estar seguro de que lo lleva todo. Se cambia de ropa varias veces hasta que siente que lo lleva puesto es lo más adecuado. Controla una y otra vez que todo está apagado. Revisa en Google hasta cuatro o cinco veces cual es la ruta más directa, en la que no hay atascos…
Esta persona, como te habrás dado cuenta, ha estructurado un Trastorno Obsesivo Compulsivo que la mantiene en constante tensión. Debe tener todo bajo control y, como consecuencia, no puede estar en lugares en los que no perciba el control por completo. Algo imposible, porque ya lo ha llevado a tal extremo que la sensación de control nunca llega.
En este caso, si no vemos lo que hay detrás, si no vemos que la ansiedad, la supuesta agorafobia, es en realidad un TOC, ¿cómo vamos a eliminarla?
La palabra diagnóstico proviene del griego: dia (a través de) y gnosis (conocimiento). La idea no era poner una etiqueta, sino llegar a conocer la naturaleza de algo distinguiéndolo de otras cosas.
Se acerca más a comprender que a clasificar.
Un buen diagnóstico, por lo tanto, debe comprender qué está pasando, debe entender la naturaleza en el caso en particular, y no debe contentarse con una simple etiqueta basada en criterios.
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